La chipa de almidón con cocido le encantaba. Siempre había un lugar donde matar el vicio. Pero un día, el cocido acabó antes y el bocado de chipa que tenía no cruzó por su garganta. Dejó caer sus pertenencias y llevó ambas manos a la garganta.
Sin poder toser, con la cara roja y los ojos saltándole, cayó de bruces sobre la rampa que unía la vereda con el asfalto. Solo entonces quien le vendió el desayuno entendió lo que estaba pasando. Se echó encima y le apretó el estómago una… dos… y tres veces, hasta que la boca escupió el bolo.
La tos que sobrevino y la salivación dieron cuenta de la nueva oportunidad. Luego las miradas se encontraron y ahí, en menos de tres minutos, le salvó la vida por segunda vez.
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martes, 29 de agosto de 2017
miércoles, 28 de diciembre de 2016
Confesión
10 de la mañana, un cielo cubierto y 36 grados de temperatura. A medida que avanzaba, el aroma a hierbas húmedas se hacía cada vez más fuerte. Como su traspiración y sus propios latidos. Se figuraba que más que de esos regalos de la tierra, esa mezcla de fragancias provenía del pelo de esa ninfa, de su cuello decorado con el brillo suave de una finísima capa de sudor.
- Buen día -Se le adelantó alguien con el saludo- ¿Quieres lo de siempre?
Apenas la oyó, su sonrisa, como el sol de diciembre, era inatajable.
- Hoy no… -Respondió como confesándose- esos poha roysa ya no me bastan…
La mujer sonrió apenas, pero sus ojos brillaron como nunca. Se lavó las manos en el balde con agua que usaba para limpiar los remedios y se las secó con el delantal que llevaba puesto, antes de iniciar la caminata por la calle de atrás de la vieja parroquia. Los yuyos para la venta quedaron ahí, a fin de cuentas, ya habían hecho su parte.
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